Lo que depende de mí
incluso con fiebre.
Anoche, cuando la garganta comenzó a arder y el termómetro empezó a marcar una temperatura que no estaba en mis planes, sentí la tentación de caer en la preocupación.
Estar tumbado, con el cuerpo resentido y la lista de pendientes para Proyecto Rumbo a Ushuaia mirándome desde la pantalla, es un escenario que pondría a prueba la paciencia de cualquiera.
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Podría haber elegido quejarme.
Podría haber permitido que la ansiedad por los días que faltan para el 12 de julio se convirtiera en un ruido insoportable en mi cabeza.
Pero elegí otra cosa.
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El estoicismo no es una filosofía para tiempos de calma; es un botiquín de emergencia para cuando el mundo, o mi propio sistema inmunológico, decide que es momento de darle a la pausa.
Me recordé a mí mismo la lección fundamental: la enfermedad no depende de mí.
El clima, la burocracia fronteriza, el motor fallando en el Amazonas, la opinión de los demás, la economía, tampoco dependen de mí.
¿Qué sí está bajo mi control?
Mi juicio sobre la situación: No es una “tragedia”, es un proceso de recuperación.
Mis acciones: Pedir un sancocho, hidratarme con Gatorade, tomar el acetaminofén y decidir que, si el cuerpo pide reposo, el reposo es la tarea más productiva que puedo realizar hoy.
Mi enfoque: Si mi cuerpo está en pausa, mi mente puede trabajar en lo que sí puedo adelantar desde la computadora, sin forzar la máquina.
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Soltar lo que no puedo controlar es lo que libera mi energía para potenciar lo que sí está en mis manos.
Hoy me toca descansar.
Mañana seguiré con la lista de pendientes que tengo que resolver para el camino a Ushuaia.
Faltan 34 días..
